Israel trae a España tecnología que ya aplica en sus aviones para evitar otros Lubitz

Militares y aerolíneas comerciales utilizan una herramienta que detecta al personal individualista o que presenta problemas psicológicos


La seguridad es un elemento esencial para todas las naciones, pero en Israel se ha convertido en una obsesión. El 80 por ciento del PIB del país proviene de su industria tecnológica, que mantiene en el uso militar su principal aplicación. Luego, gran parte de la producción es exportada tanto a otros países como a otros sectores (salud, empresa, etc).


En esta última fase se encuentra, de hecho, una herramienta informática que detecta a personas conflictivas, a individuos que presentan problemas psicológicos, que tienen dificultades para trabajar en equipo o que simpatizan con movimientos radicales.

El software se utilizó inicialmente para evaluar a los soldados que aspiran a formar parte de las fuerzas de combate del Ejército hebreo –y aún se usa para ello–, pero actualmente tiene otras muchas aplicaciones en el ámbito público y privado.

Entre estas últimas se encuentra el uso que realiza Israel Airlines, la compañía aérea de bandera del país. Gran parte de sus pilotos provienen de las Fuerzas Armadas, donde se sometieron a esta tecnología antes de pasar a la aviación comercial, con lo que en principio se trata de personal adecuado para conformar la plantilla de la compañía, que también emplea el dispositivo para hacer pruebas periódicas a la tripulación e incluso analizar a algunos de los pasajeros con el fin de evitar que embarquen terroristas o potenciales terroristas.

La herramienta fue creada en 1998 por el Instituto de Tecnología de Jerusalén y comenzó a ponerse en práctica fuera de las fronteras del país por primera vez en 2004, cuando un cuerpo policial de México se sometió voluntariamente al software para detectar a los funcionarios que más posibilidades tenían de dejarse llevar por la corrupción.

El dispositivo se basa en el análisis de la expresión oral de las personas. Su jefe de desarrollo, Nissim Heffes Antar, lo define claramente como “el polígrafo de la voz”, un mecanismo que ya aplican 85 grandes organizaciones en todo el mundo.

A través de un cuestionario de preguntas que permiten respuestas abiertas, las personas opinan sobre determinados asuntos –muy pensados– y el aparato analiza el tono de la voz. En concreto, según Heffes Antar, la herramienta estudia la emotividad, la veracidad y la intencionalidad del sujeto analizado.

Es más, asegura el responsable del producto, si una persona presenta estrés, el dispositivo distingue si este elemento discordante influye en la veracidad o simplemente tiene una raíz emotiva. En otras palabras, que si el que se somete al análisis viene cabreado por un asunto personal, este no influirá en la determinación de su veracidad.

El software, que según Heffes Antar tiene una finalidad de “consenso social”, no sólo detecta quién tiene más posibilidades de robar a su propia empresa o quién es menos discreto –en definitiva, de quién te puedes fiar–, sino también ayuda a descubrir qué empleado trabaja mejor en equipo o cuál es capaz de solucionar de modo más eficaz los imprevistos. Esto, al final, puede ayudar a la empresa a decidir quitar a alguien de un puesto que está de cara al público, por ejemplo, y ubicarlo en otro lugar.

Por otra parte, explica el jefe de desarrollo del denominado Índice de Compromiso Institucional –que es como se conoce en España la aplicación comercializada por Canalizasoft–, los criterios para evaluar a los sujetos también hay que predeterminarlos, porque no son los mismos en un país que en otro ni siquiera en un sector que en otro.

En algunos países y empresas parece estar socialmente aceptado que los empleados estén ligeramente corrompidos. En esos casos, por ejemplo, los dueños están interesados en saber quién roba mucho y no tanto en quién se lleva a casa lo que todos.

Los controles psicológicos y las evaluaciones periódicas a las que son sometidos pilotos y copilotos de la aviación comercial de todo el mundo están siendo revisados tras el accidente aéreo que costó la vida a 150 personas el pasado martes en los Alpes franceses.

El copiloto, Andreas Lubitz, llevaba meses sufriendo una enfermedad psicológica que no había sido detectada por Germanwings.

Por otro lado, la mayoría de aerolíneas y organismos internacionales han ordenado establecer dentro del protocolo de viaje de la tripulación la obligatoriedad de que en ningún momento del vuelo haya menos de dos personas en la cabina.

Según confesó Brice Robin, el fiscal de Marsella, Lubitz se encerró voluntariamente en la cabina después de asegurarse de que el comandante se encontraba fuera de ella, y condujo el avión hacia las montañas. El Ministerio Público, sin embargo, aseguró que no era la intención del copiloto matar a los pasajeros.

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